Bas van Fraassen y el regreso del empirismo: creer en la ciencia sin convertirla en religión
Sobre el Premio Rolf Schock 2026 y el empirismo constructivo como defensa madura de la ciencia frente al dogmatismo y la posverdad
NOTICIA
6/22/20269 min read


En tiempos de posverdad, negacionismo, teorías conspirativas y fanatismo tecnológico, defender la ciencia parece una obligación elemental. Pero hay muchas formas de defenderla. Algunas son inteligentes. Otras, peligrosamente ingenuas. Una de las peores formas de defender la ciencia consiste en convertirla en religión secular: hablar de ella como si entregara verdades absolutas, como si sus teorías fueran fotografías definitivas del mundo, como si la duda metodológica fuera debilidad y como si toda crítica a sus pretensiones metafísicas fuese enemiga del conocimiento.
Bas van Fraassen ha dedicado buena parte de su obra a desmontar esa falsa alternativa. Su empirismo constructivo no es anticientífico. Tampoco es relativista. No dice que la ciencia sea opinión, ni que las teorías científicas sean meros relatos culturales, ni que todo valga lo mismo. Dice algo más sutil y más difícil: el objetivo de la ciencia no tiene por qué ser ofrecernos una descripción literalmente verdadera de todo lo que existe, incluidas las entidades inobservables postuladas por sus mejores teorías. Puede bastar, racionalmente, con que una teoría sea empíricamente adecuada.
Esa tesis, formulada con fuerza en The Scientific Image, cambió la filosofía de la ciencia contemporánea. Van Fraassen no atacó a la ciencia desde afuera. La defendió desde una posición más austera. Para él, aceptar una teoría científica no obliga necesariamente a creer que todos sus términos teóricos corresponden literalmente a entidades reales. Podemos aceptar una teoría porque salva los fenómenos, porque organiza la experiencia, porque predice correctamente lo observable, porque funciona dentro de nuestros mejores estándares científicos, sin comprometernos metafísicamente con todo lo que la teoría parece decir sobre lo no observable.
Esto incomoda a los realistas científicos. Para el realismo, las teorías científicas exitosas no solo predicen bien; también nos dicen, al menos aproximadamente, cómo es el mundo, incluidas sus estructuras y entidades invisibles. Electrones, campos, quarks, genes, agujeros negros, ondas gravitacionales, moléculas: si nuestras teorías funcionan tan bien, ¿no sería milagroso que no captaran algo real de la estructura del mundo? El argumento realista tiene fuerza. Van Fraassen lo sabe. Pero responde con una prudencia empirista: el éxito empírico no nos obliga a inflar nuestras creencias más allá de lo necesario.
La importancia del Premio Rolf Schock 2026 está precisamente ahí. No reconoce una moda. Reconoce una de las disputas más serias de la filosofía de la ciencia: qué significa creer en una teoría. La Real Academia Sueca de Ciencias destacó que van Fraassen desarrolló una cuenta empirista convincente del razonamiento científico, más allá del empirismo lógico, y que su trabajo transformó el debate sobre el realismo científico. Ese reconocimiento no es menor. En un siglo donde la ciencia se invoca constantemente para justificar decisiones políticas, médicas, tecnológicas y económicas, volver a preguntar qué aceptamos cuando aceptamos ciencia es una urgencia pública.
El empirismo de van Fraassen tiene una virtud poco frecuente: enseña humildad sin caer en el cinismo. No humilla a la ciencia. La libera de pretensiones innecesarias. La ciencia no necesita prometer acceso absoluto a la realidad última para ser una de las mayores conquistas humanas. No necesita convertirse en metafísica total para orientar la acción, curar enfermedades, explicar fenómenos, construir tecnologías o corregir errores. Su fuerza puede residir en algo más sobrio: producir teorías empíricamente adecuadas, sometidas a prueba, revisables, capaces de ordenar la experiencia y anticipar fenómenos observables.
Esta sobriedad resulta especialmente valiosa porque vivimos entre dos excesos. De un lado, el anticientificismo vulgar: el desprecio por las vacunas, por la evidencia climática, por la epidemiología, por la estadística, por la investigación rigurosa, por cualquier conocimiento que incomode creencias previas. Del otro lado, el cientificismo: la idea de que la ciencia puede resolverlo todo, explicarlo todo, decidirlo todo y reemplazar cualquier forma de juicio filosófico, ético, político o existencial. Van Fraassen permite resistir ambos extremos.
Contra el anticientificismo, afirma que la ciencia es racional, poderosa y epistémicamente privilegiada frente a supersticiones, opiniones arbitrarias y fantasías. Contra el cientificismo, recuerda que aceptar una teoría no equivale a arrodillarse ante una imagen final del mundo. La ciencia funciona con modelos, idealizaciones, instrumentos, marcos conceptuales, inferencias y límites. No por eso es débil. Precisamente por eso es seria.
La noción de adecuación empírica parece modesta, pero es explosiva. Una teoría es empíricamente adecuada si lo que dice sobre los fenómenos observables resulta correcto. El científico puede usar entidades teóricas para construir modelos; puede hablar de partículas, campos o estructuras matemáticas; puede formular leyes y mecanismos. Pero el empirista constructivo no está obligado a creer literalmente en todo aquello que la teoría postula más allá de la experiencia posible. Puede mantener una actitud de aceptación pragmática y epistémica sin pasar al compromiso ontológico pleno.
Esta distinción es filosóficamente fina. En la vida cotidiana, solemos confundir usar una teoría con creer metafísicamente en todo lo que ella contiene. Van Fraassen separa esas cosas. La aceptación científica implica compromiso con el uso de la teoría, con su capacidad de guiar investigación, con su éxito observable, con su inserción en prácticas científicas. Pero la creencia en la verdad literal completa de la teoría es un paso adicional. Y ese paso, según él, no siempre es racionalmente obligatorio.
Aquí aparece una lección más amplia: la racionalidad no siempre exige creer más. A veces exige creer menos, pero mejor. En una época saturada de afirmaciones grandiosas, esta idea tiene un valor moral. No toda prudencia es cobardía. No toda suspensión del juicio es relativismo. No toda negativa a hacer metafísica es debilidad intelectual. A veces, la disciplina racional consiste en no afirmar más de lo que nuestros criterios permiten.
El empirismo de van Fraassen se vuelve así una escuela de modestia epistémica. Y la modestia epistémica es una virtud que el siglo XXI necesita desesperadamente. La política actual está llena de certezas agresivas. Las redes sociales premian la afirmación inmediata. Los mercados venden predicciones. Los gurús tecnológicos prometen futuros inevitables. Las ideologías convierten fragmentos de evidencia en visiones totales del mundo. Frente a eso, van Fraassen enseña a preguntar: ¿qué está realmente probado?, ¿qué se sigue de la evidencia?, ¿qué parte pertenece al fenómeno observable y qué parte a nuestra interpretación teórica?, ¿dónde termina la ciencia y dónde empieza la metafísica?
Esta pregunta no es enemiga de la ciencia. Es una forma de respeto. Quien ama la ciencia debe querer entender su alcance real, no exagerarlo. La exageración puede ser útil para propaganda, pero es mala para la filosofía. Y, a largo plazo, también es mala para la ciencia. Cuando se promete demasiado, cualquier error se vive como traición. Cuando se presenta la ciencia como infalible, sus correcciones normales parecen fracasos. Cuando se la convierte en autoridad absoluta, sus incertidumbres se vuelven escándalo público. Van Fraassen permite una defensa más madura: la ciencia es grande no porque nunca se equivoque, sino porque ha construido formas extraordinarias de corregirse.
El debate con el realismo científico sigue abierto. Y debe seguirlo. Los realistas tienen argumentos fuertes. Señalan que la mejor explicación del éxito predictivo y tecnológico de la ciencia es que nuestras teorías captan, de algún modo, estructuras reales del mundo. No parece casualidad que podamos intervenir en la naturaleza con tanta precisión si nuestras teorías fueran meramente adecuadas en la superficie. La ingeniería, la medicina, la física y la química parecen depender de algo más que salvar apariencias. Parecen tocar realidad.
Pero van Fraassen no necesita negar la eficacia. Lo que niega es que esa eficacia obligue a un compromiso metafísico específico. Una teoría puede ser extraordinariamente útil, predictiva y organizada sin que estemos racionalmente forzados a creer en su verdad total. La historia de la ciencia muestra teorías exitosas que luego fueron reemplazadas. Algunas salvaron fenómenos durante largos periodos y, sin embargo, sus ontologías fueron abandonadas. Esa historia alimenta la prudencia empirista. El éxito de hoy no garantiza la metafísica de mañana.
En este punto, van Fraassen ofrece una enseñanza para todos los campos del conocimiento. En medicina, no basta con que un modelo funcione en un contexto; hay que saber qué afirma realmente y qué no. En neurociencia, no basta con localizar correlatos; hay que evitar convertir mapas funcionales en explicaciones completas de la mente. En inteligencia artificial, no basta con que un sistema produzca lenguaje útil; hay que distinguir rendimiento, comprensión, conciencia y simulación. En economía, no basta con modelos elegantes; hay que preguntarse qué idealizaciones los sostienen. En cosmología, no basta con ecuaciones bellas; hay que preguntar qué compromisos ontológicos introducen.
La filosofía de van Fraassen enseña que las teorías no deben ser adoradas. Deben ser utilizadas, examinadas, comparadas, limitadas y, cuando sea necesario, reemplazadas. Esa actitud es profundamente científica. Quien convierte una teoría en dogma traiciona la ciencia mucho más que quien pregunta por sus límites.
También hay una dimensión ética en esta postura. La humildad epistémica puede protegernos de abusos de poder. Muchas decisiones políticas se presentan como inevitables porque supuestamente “lo dice la ciencia” o “lo dicen los datos”. Pero la ciencia rara vez habla en forma de mandato único. Ofrece evidencia, modelos, probabilidades, escenarios, incertidumbres. La decisión requiere valores. Requiere interpretación. Requiere responsabilidad. Van Fraassen ayuda a impedir que la autoridad científica sea usada para ocultar decisiones morales o políticas.
Esto no significa que cada ciudadano pueda rechazar a gusto cualquier conclusión científica. Esa sería una lectura vulgar. La humildad epistémica no autoriza capricho. Al contrario, exige más disciplina. Exige entender qué dicen los expertos, qué grado de consenso existe, qué evidencia sostiene una afirmación, qué incertidumbres permanecen y qué opciones prácticas se abren. La ignorancia arrogante no tiene nada que ver con el empirismo. El empirismo de van Fraassen es exigente: obliga a mirar los fenómenos, no a inventarlos.
Su pensamiento también recupera una tradición antigua. El empirismo siempre ha sido una advertencia contra los excesos de la razón cuando esta se separa demasiado de la experiencia. Pero van Fraassen no repite simplemente a Hume ni al empirismo lógico. Va más allá. Reconoce la sofisticación de la ciencia contemporánea, la importancia de los modelos, el papel de la representación, la complejidad de las teorías y los problemas de la observabilidad. Su empirismo no es ingenuo. No dice “creo solo lo que veo”. Dice algo más filosófico: debemos distinguir cuidadosamente entre lo que una teoría nos autoriza a afirmar sobre los fenómenos y los compromisos ontológicos adicionales que decidimos asumir.
Esa distinción tiene consecuencias para la educación científica. Tal vez deberíamos enseñar menos ciencia como catálogo de verdades y más ciencia como práctica racional. Menos “esto es así porque lo dice el libro” y más “estas son las razones, estos los modelos, estos los datos, estas las limitaciones, estas las controversias, estos los criterios de aceptación”. Una sociedad que entiende mejor cómo funciona la ciencia es menos vulnerable tanto al negacionismo como al dogmatismo.
Van Fraassen nos recuerda que la ciencia no necesita una imagen heroica para ser admirable. Su grandeza no está en eliminar la incertidumbre, sino en trabajar con ella. No está en poseer la realidad absoluta, sino en construir formas cada vez mejores de responder ante los fenómenos. No está en cerrar la filosofía, sino en obligarla a pensar con más precisión.
Por eso el regreso público de van Fraassen a través del Premio Rolf Schock importa. En medio de una época obsesionada con inteligencia artificial, neurociencia, cosmología, biotecnología y datos masivos, su filosofía nos invita a una pausa: antes de decir que una teoría revela la estructura última de lo real, preguntemos qué fenómenos salva, qué predicciones sostiene, qué idealizaciones usa, qué entidades postula, qué alternativas existen y qué compromiso racional estamos realmente asumiendo.
La ciencia merece defensa. Pero una defensa filosófica seria no consiste en inflarla hasta convertirla en doctrina total. Consiste en comprender su fuerza exacta. Esa exactitud es más elegante que cualquier eslogan.
Bas van Fraassen no nos pide creer menos en la ciencia en el sentido vulgar. Nos pide creer mejor. Creer con disciplina. Creer con límites. Creer sin convertir la teoría en ídolo. Creer sabiendo que aceptar una teoría no es lo mismo que entregarle toda nuestra metafísica.
En tiempos de ruido, esa sobriedad es revolucionaria.
Quizá la mejor manera de honrar a la ciencia no sea decir que lo explica todo, sino reconocer que, cuando se practica bien, nos enseña algo más importante que la certeza absoluta: nos enseña a no mentir sobre lo que sabemos.