Kate Manne y Amia Srinivasan: la filosofía feminista que dejó de pedir permiso
Sobre misoginia, poder, cuerpo, deseo, instituciones y teoría feminista contemporánea rigurosa.
NOTICIA
6/22/20267 min read


Durante mucho tiempo se intentó reducir la filosofía feminista a una zona secundaria del pensamiento: importante para ciertos debates sociales, útil para discusiones sobre igualdad, pero aparentemente externa a los grandes problemas filosóficos. Esa lectura ya no se sostiene. Kate Manne y Amia Srinivasan muestran que el feminismo filosófico contemporáneo no es un apéndice moral de la política, sino una forma rigurosa de pensar poder, deseo, cuerpo, lenguaje, conocimiento, violencia, instituciones y vida social.
La importancia de Manne y Srinivasan está en que no escriben desde la consigna fácil. Sus preguntas son más incómodas. No preguntan solamente si la sociedad discrimina a las mujeres. Preguntan cómo funciona esa discriminación, qué estructuras la reproducen, qué emociones la sostienen, qué instituciones la protegen, qué lenguaje la disfraza y qué errores conceptuales nos impiden verla. En ellas, la filosofía feminista no aparece como sentimentalismo político, sino como análisis de mecanismos.
Kate Manne se volvió una figura central por una tesis que parece simple, pero cambia el debate: la misoginia no debe entenderse principalmente como odio individual hacia todas las mujeres. Esa definición vulgar resulta insuficiente. Muchas personas misóginas no odian a todas las mujeres todo el tiempo; incluso pueden amar, admirar o proteger a algunas mujeres, especialmente cuando estas cumplen ciertas funciones esperadas. La misoginia, en la lectura de Manne, opera más bien como un sistema de control social: castiga a las mujeres que no ocupan el lugar que se espera de ellas.
Esta idea permite entender fenómenos que la definición común no explica. Una mujer puede ser celebrada mientras es complaciente y atacada cuando exige autoridad. Puede ser admirada como madre, pareja, asistente, cuidadora o figura decorativa, pero castigada cuando reclama poder, autonomía, deseo propio o derecho a no servir. La misoginia no necesita presentarse como odio explícito. Puede funcionar como decepción, burla, sospecha, descrédito, castigo moral o violencia simbólica. Su lógica no es simplemente “odio a las mujeres”, sino “las mujeres deben cumplir ciertas obligaciones hacia otros”.
Por eso el concepto de derecho masculino es tan importante en Manne. No se trata solo de privilegio abstracto. Se trata de expectativas concretas: derecho a atención, derecho a cuidado, derecho a disponibilidad emocional, derecho a admiración, derecho a acceso sexual, derecho a obediencia, derecho a no ser contradicho, derecho a ser disculpado. Cuando esas expectativas fallan, aparece el castigo. Y muchas veces ese castigo se presenta como reacción natural: “ella se lo buscó”, “ella exagera”, “ella provocó”, “ella destruyó su propia imagen”, “ella no sabe comportarse”.
La fuerza filosófica de Manne está en mostrar que la injusticia no siempre se sostiene por ideas grandiosas. A veces se sostiene por hábitos ordinarios. Por tonos de voz. Por expectativas invisibles. Por la distribución cotidiana de simpatía. Por a quién se le cree y a quién se le exige prueba perfecta. Por quién recibe paciencia y quién recibe sospecha. Por quién puede enojarse sin ser llamado histérico. Por quién puede mandar sin ser considerado desagradable. Por quién puede fallar y seguir siendo humano.
Amia Srinivasan entra desde otro lugar, pero toca una zona igualmente explosiva: el deseo. Su trabajo obliga a preguntar si el sexo puede pensarse solo en términos de consentimiento individual o si también debe analizarse dentro de estructuras sociales más amplias. Esta pregunta es difícil porque toca una de las regiones más íntimas de la vida. Nadie quiere que la política dicte el deseo. Pero tampoco es honesto fingir que el deseo nace en un vacío puro, sin historia, sin jerarquías, sin imágenes, sin pornografía, sin racismo, sin clase, sin cuerpos valorados y cuerpos despreciados.
Srinivasan no propone una policía del deseo. Esa caricatura empobrece su pensamiento. Su pregunta es más filosófica: ¿hasta qué punto nuestras preferencias íntimas están formadas por sistemas sociales injustos? Si una sociedad enseña durante décadas que ciertos cuerpos son deseables y otros no, que ciertas mujeres son respetables y otras disponibles, que ciertos hombres merecen deseo y otros invisibilidad, entonces el deseo individual no puede entenderse como una naturaleza privada completamente inocente. El deseo también tiene historia.
Esto no significa que una persona sea culpable de cada una de sus atracciones. Significa que la filosofía debe atreverse a pensar lo que la moral superficial evita: la vida íntima también está atravesada por poder. La atracción, el rechazo, el consentimiento, la vergüenza, la fantasía, la pornografía, la educación sentimental y las normas de género no flotan fuera de la sociedad. Forman parte de ella. Y si forman parte de ella, pueden ser pensadas críticamente.
Aquí Srinivasan toca uno de los límites del liberalismo sexual contemporáneo. El consentimiento es indispensable, pero no agota la ética sexual. Que algo sea consentido no significa automáticamente que esté libre de desigualdad, presión, miedo, necesidad económica, dependencia emocional o estructuras de dominación. El consentimiento mínimo protege contra la violencia más evidente, pero no responde todas las preguntas sobre libertad real. Una filosofía seria debe poder sostener ambas cosas: defender radicalmente el consentimiento y, al mismo tiempo, preguntar por las condiciones que hacen posible o imposible una elección libre.
La dificultad de Srinivasan está en no caer en respuestas cómodas. No basta decir “todo deseo es político” y cancelar la intimidad. Tampoco basta decir “el deseo es privado” y cerrar los ojos ante la injusticia. Hay que pensar en tensión. Esa es la señal de una buena filosofía: no resuelve falsamente el problema para agradar a un bando. Lo mantiene abierto donde debe estar abierto.
Manne y Srinivasan representan, por eso, dos formas complementarias de filosofía feminista contemporánea. Manne analiza la estructura moral del castigo misógino. Srinivasan analiza las condiciones políticas del deseo. Una muestra cómo se disciplina a quienes no obedecen las expectativas de género. La otra muestra cómo incluso lo que sentimos como íntimo puede estar formado por estructuras sociales. Ambas obligan a abandonar la idea infantil de que la injusticia siempre aparece como violencia explícita. Muchas veces aparece como normalidad.
Este punto es decisivo. Las sociedades modernas han aprendido a rechazar públicamente ciertas formas obvias de discriminación, pero siguen reproduciendo desigualdades de manera más sutil. Ya no siempre se dice abiertamente que una mujer no debe pensar, mandar, decidir o desear. Pero se la castiga cuando piensa demasiado, manda demasiado, decide demasiado o desea fuera del guion permitido. Ya no siempre se justifica la violencia sexual, pero se sigue preguntando qué hizo la víctima, cómo iba vestida, por qué estaba allí, por qué tardó en denunciar, por qué no reaccionó de otra manera. La estructura sobrevive adaptándose.
La filosofía feminista de Manne y Srinivasan tiene impacto porque ofrece conceptos para ver esa adaptación. Sin conceptos, solo hay casos dispersos. Con conceptos, aparece el sistema. Esto es lo que hace la buena filosofía: no sustituye la realidad por teoría, sino que permite ver la realidad con más precisión. Misoginia, derecho masculino, consentimiento, deseo, poder, objetificación, credibilidad, injusticia epistémica, cuidado, dependencia: no son palabras de moda cuando se usan bien. Son instrumentos de análisis.
También hay que decirlo con claridad: parte del rechazo a estas filósofas no viene de errores en sus argumentos, sino de la incomodidad que producen sus consecuencias. Si Manne tiene razón, muchas conductas consideradas normales son formas de vigilancia moral sobre las mujeres. Si Srinivasan tiene razón, muchos deseos que imaginamos privados están socialmente configurados. Ambas tesis obligan a revisar hábitos, no solo leyes. Y revisar hábitos es mucho más difícil que condenar injusticias lejanas.
La filosofía feminista contemporánea es fuerte precisamente porque no se conforma con pedir inclusión dentro del mundo existente. Pregunta cómo está construido ese mundo. No quiere solamente más mujeres en instituciones injustas, sino instituciones menos organizadas por jerarquías invisibles. No quiere solo lenguaje correcto, sino transformación de expectativas. No quiere solo denunciar violencia extrema, sino entender la continuidad entre pequeñas formas de desprecio y grandes formas de dominación.
Esto la vuelve filosóficamente más seria que muchas discusiones públicas que la caricaturizan. Mientras algunos reducen el feminismo a “guerra cultural”, Manne y Srinivasan hacen filosofía moral, política, social y epistemológica de primer orden. Estudian cómo se distribuye la autoridad, cómo se concede credibilidad, cómo se justifican privilegios, cómo se naturalizan deseos y cómo se castiga la desobediencia. Pocas áreas de la filosofía actual están pensando con tanta intensidad la relación entre vida cotidiana e instituciones.
Además, ambas obligan a replantear el problema de la libertad. La libertad no puede reducirse a ausencia formal de prohibición. Una persona puede estar legalmente autorizada a actuar y, sin embargo, socialmente condicionada para no hacerlo. Puede tener derecho a hablar y no ser escuchada. Puede tener derecho a denunciar y no ser creída. Puede tener derecho a desear y haber aprendido a despreciar su propio cuerpo. Puede tener derecho a elegir y vivir bajo condiciones que empujan la elección hacia opciones dañinas. La libertad real exige más que permiso.
Este punto conecta la filosofía feminista con problemas generales de justicia. No se trata solo de mujeres. Se trata de cómo las sociedades producen sujetos que luego presentan como libres. Se trata de cómo el poder actúa no solo prohibiendo, sino formando preferencias, expectativas y autoimágenes. En ese sentido, Manne y Srinivasan dialogan con Foucault, con la teoría crítica, con la filosofía política liberal, con la epistemología social y con la ética contemporánea. Su feminismo no es una especialidad cerrada. Es una entrada a la pregunta general por la vida bajo condiciones de poder.
Después de Habermas, necesitamos pensar la esfera pública. Después de Han, el cansancio y la autoexplotación. Después de Gabriel, los hechos morales. Después de Romero, la filosofía científica. Después de Diéguez, los límites de la mejora humana. Después de Meillassoux, la realidad sin nosotros. Después de Cartwright, la evidencia en contextos reales. Con Manne y Srinivasan aparece otra pregunta indispensable: ¿cómo se organiza la injusticia dentro de la vida íntima y ordinaria?
Esa pregunta molesta porque no permite separar fácilmente lo privado y lo político. Pero la filosofía no está para proteger comodidades. Está para pensar donde el lenguaje común falla. Y el lenguaje común falla mucho cuando habla de mujeres, deseo, sexo, culpa, cuidado, autoridad y violencia.
La importancia de Kate Manne y Amia Srinivasan está en haber elevado esos temas al nivel que merecen: no como simple activismo, no como opinión generacional, no como moda universitaria, sino como filosofía seria sobre la estructura moral de la vida social. Leerlas obliga a pensar mejor. Y eso, en medio de tanta consigna vacía, ya es bastante.
La filosofía feminista dejó de pedir permiso porque ya no necesita justificar su lugar en la filosofía. Está pensando algunos de los problemas más difíciles del presente. Quien no quiera leerla tendrá que explicar por qué prefiere no entender una parte decisiva del mundo.