Markus Gabriel y la nueva Ilustración: moral, inteligencia artificial y capitalismo ético

Sobre su defensa reciente de los “hechos morales”, la ética de la IA y la posibilidad de una Ilustración no ingenua.

NOTICIA

6/22/20267 min read

Durante años se repitió que la filosofía moral había perdido fuerza pública. La política hablaba de intereses, la economía hablaba de incentivos, la tecnología hablaba de eficiencia, y la moral parecía relegada a opiniones privadas, emociones personales o discursos de ocasión. En ese paisaje aparece Markus Gabriel con una afirmación que suena casi provocadora: existen hechos morales. No simples preferencias. No gustos subjetivos. No convenciones pasajeras. Hechos morales.

La tesis es fuerte porque ataca uno de los dogmas silenciosos de la época: la idea de que la realidad dura pertenece a la ciencia, mientras que la moral pertenece al campo blando de las creencias individuales. Gabriel se rebela contra esa división. Para él, decir que algo es injusto no equivale simplemente a decir “no me gusta”. La injusticia no es una incomodidad estética. La crueldad no es una preferencia cultural. La mentira sistemática no es un estilo comunicativo. Hay acciones, instituciones y formas de vida que pueden ser juzgadas racionalmente como mejores o peores.

Esto puede parecer obvio, pero no lo es. El siglo XXI ha desarrollado una enorme capacidad técnica junto con una debilidad moral preocupante. Sabemos procesar datos, construir modelos predictivos, automatizar decisiones, manipular comportamientos, medir atención, calcular riesgo y convertir casi cualquier gesto humano en información explotable. Pero no siempre sabemos decir con claridad para qué sirve todo eso. La pregunta moral llega tarde, cuando la tecnología ya está instalada, cuando el mercado ya la volvió inevitable y cuando la política apenas intenta regular daños que no comprendió a tiempo.

Gabriel quiere invertir ese orden. No se trata de añadir ética al final, como barniz decorativo. Se trata de reconocer que toda inteligencia humana digna de ese nombre ya contiene una orientación moral. La inteligencia no es solo capacidad de cálculo. No es solo resolver problemas. No es solo optimizar resultados. Una inteligencia sin orientación ética puede ser eficaz y, al mismo tiempo, destructiva. Puede producir eficiencia sin justicia, innovación sin humanidad, progreso técnico sin progreso moral.

Por eso su discusión sobre la inteligencia artificial tiene importancia. En la mayoría de los debates actuales, la IA se piensa desde dos extremos: entusiasmo empresarial o pánico apocalíptico. De un lado, se la presenta como herramienta inevitable de productividad, crecimiento y comodidad. Del otro, como amenaza existencial capaz de reemplazar al ser humano o escapar de todo control. Gabriel entra por otra vía: la pregunta decisiva no es solamente qué puede hacer la IA, sino qué debe hacer una sociedad humana con ella.

Esa pregunta parece sencilla, pero cambia todo. La IA no es un fenómeno meramente técnico. Es una reorganización del poder. Quien controla los sistemas de información controla también parte de la conducta social. Quien diseña los algoritmos diseña entornos de decisión. Quien domina la infraestructura digital puede influir en la percepción pública, en el consumo, en el trabajo, en la educación, en la salud, en la política y en la vida íntima. Por eso hablar de IA sin hablar de moral es una forma de ingenuidad peligrosa.

La propuesta de Gabriel puede entenderse como una nueva Ilustración. Pero no una Ilustración ingenua, satisfecha de sí misma, que crea que basta con más conocimiento para producir automáticamente una sociedad mejor. La historia ya destruyó esa inocencia. Hubo ciencia sin humanidad. Hubo racionalidad instrumental al servicio de la barbarie. Hubo progreso técnico acompañado de destrucción política. Gabriel no puede repetir el optimismo simple del siglo XVIII. Su nueva Ilustración tendría que ser más dura, más consciente de sus fracasos, más atenta a los peligros de la razón convertida en cálculo.

Ahí está el punto central: necesitamos razón, pero no cualquier razón. Necesitamos una razón moralmente orientada. Una razón capaz de distinguir entre medios y fines. Una razón que no se entregue al mercado como si el mercado fuese una ley natural. Una razón que no adore la tecnología como si toda innovación estuviera justificada por el simple hecho de ser nueva. Una razón que vuelva a preguntar por el bien, por la dignidad, por la verdad, por la justicia y por la vida humana concreta.

En ese sentido, Gabriel representa una diferencia importante frente al clima intelectual dominante. Mientras una parte de la filosofía contemporánea se resigna al diagnóstico, él intenta recuperar una posición afirmativa. No quiere limitarse a decir que todo está roto. Tampoco quiere refugiarse en el cinismo académico, esa postura cómoda según la cual toda pretensión universal es sospechosa, toda moral es poder y toda verdad es construcción. Gabriel sabe que la crítica es necesaria, pero también sabe que una sociedad no puede vivir solo de crítica. En algún momento hay que defender algo.

Lo que defiende es incómodo para relativistas y tecnócratas: una moral racional, universalista y concreta. Universalista, porque no todo puede depender del contexto, de la cultura, del grupo o del interés. Concreta, porque la moral no puede quedarse en abstracciones vacías. No basta decir “dignidad humana” mientras se toleran sistemas laborales que destruyen cuerpos y vidas. No basta decir “libertad” mientras las plataformas capturan atención y conducta. No basta decir “innovación” mientras la tecnología aumenta desigualdades y reduce al individuo a usuario, dato o consumidor.

Este punto conecta a Gabriel con una de las grandes disputas de nuestro tiempo: la batalla por la realidad. Vivimos en una época donde lo falso circula con velocidad, donde las imágenes pueden fabricarse, donde las opiniones se encapsulan en burbujas, donde los hechos se vuelven discutibles por agotamiento y donde la mentira ya no necesita convencer, sino saturar. En ese contexto, su nuevo realismo no es una rareza académica. Es una necesidad pública. Defender la realidad se ha vuelto una tarea política.

Pero Gabriel no habla solo de hechos empíricos. Habla también de hechos morales. Esa es la parte más desafiante. Porque muchas personas aceptan que existen hechos científicos, pero se incomodan cuando alguien afirma que también hay verdades morales. Sin embargo, si no podemos sostener racionalmente que torturar a un inocente está mal, que explotar a un niño está mal, que destruir deliberadamente las condiciones de vida de otros está mal, entonces la moral queda reducida a gusto, fuerza o negociación. Y cuando la moral se reduce a eso, gana siempre quien tiene más poder.

El siglo XXI necesita esta discusión con urgencia. La IA, la biotecnología, la vigilancia digital, la manipulación informativa, la crisis climática y la desigualdad global no pueden enfrentarse solo con competencias técnicas. Requieren juicio. Y el juicio no nace del dato por sí mismo. Los datos informan, pero no deciden qué merece ser protegido. Los algoritmos calculan, pero no saben por sí mismos qué es una vida digna. La eficiencia organiza medios, pero no determina fines.

Por eso la “inteligencia ética” de la que habla Gabriel no debe entenderse como una consigna amable. Es una exigencia fuerte: si una sociedad produce máquinas cada vez más potentes, pero ciudadanos moralmente más débiles, el resultado no será progreso, sino sofisticación del daño. Una civilización puede volverse técnicamente brillante y éticamente mediocre. Puede automatizar injusticias. Puede hacer más eficiente la exclusión. Puede optimizar la vigilancia. Puede llamar innovación a nuevas formas de obediencia.

La pregunta de Gabriel golpea justo ahí: ¿queremos una tecnología al servicio del ser humano o un ser humano adaptado a las necesidades de la tecnología? La diferencia es enorme. En el primer caso, la técnica se subordina a fines humanos deliberados. En el segundo, el ser humano se reconfigura para encajar en sistemas que no controla. Buena parte del presente parece avanzar hacia lo segundo: personas que ajustan su atención, su lenguaje, su trabajo, sus emociones y sus deseos a plataformas diseñadas por intereses que no han elegido.

Una nueva Ilustración tendría que romper esa inercia. No se trata de rechazar la tecnología. Gabriel no propone volver a una vida premoderna ni negar los avances científicos. Su punto es más exigente: precisamente porque la tecnología importa, no podemos dejarla en manos de la pura rentabilidad. Precisamente porque la IA tendrá impacto profundo, no podemos permitir que su dirección moral la definan únicamente empresas, laboratorios y Estados. La pregunta por la inteligencia artificial es, en el fondo, una pregunta por la soberanía moral de la humanidad.

Aquí Gabriel puede convertirse en una figura central de la filosofía pública contemporánea. No porque tenga todas las respuestas, sino porque formula la pregunta correcta en el momento correcto. Después de Habermas, la filosofía europea necesita voces capaces de discutir la democracia, la razón y la moral bajo condiciones nuevas. Después de Byung-Chul Han, necesita también algo más que diagnóstico del cansancio. Necesita una filosofía que se atreva a decir: hay cosas verdaderas, hay cosas falsas, hay cosas justas, hay cosas injustas, y no todo puede disolverse en opinión, mercado o algoritmo.

La fuerza de Gabriel está en recuperar una palabra que muchos usan mal: progreso. El progreso no puede medirse solo por capacidad técnica. Una sociedad no progresa porque produce máquinas más complejas si al mismo tiempo debilita la dignidad, la atención, la verdad y la justicia. Tampoco progresa porque acumula riqueza si esa riqueza se sostiene sobre formas refinadas de explotación. Progresar no es hacer más cosas. Es hacer mejores cosas por mejores razones.

Esa frase podría resumir su batalla filosófica. Hacer mejores cosas por mejores razones. En tiempos de IA, eso significa diseñar tecnologías que no reduzcan al ser humano. En economía, significa imaginar formas de capitalismo que no conviertan la moral en obstáculo. En política, significa defender instituciones que no renuncien a la verdad. En educación, significa formar ciudadanos que no confundan información con pensamiento. En filosofía, significa recuperar la valentía de afirmar.

Markus Gabriel incomoda porque devuelve responsabilidad. Ya no podemos decir que todo es relativo. Ya no podemos escondernos detrás del dato. Ya no podemos fingir que la tecnología avanza sola. Ya no podemos repetir que la moral es cuestión privada mientras los sistemas que organizan la vida común toman decisiones con consecuencias colectivas. Si existen hechos morales, entonces también existen errores morales. Y si existen errores morales, una civilización entera puede estar equivocándose aunque funcione, aunque produzca, aunque crezca, aunque innove.

Ese es el golpe filosófico de Gabriel: una sociedad puede ser exitosa y estar moralmente enferma. Puede ser eficiente y estar mal orientada. Puede ser inteligente en sentido técnico y estúpida en sentido humano.

La nueva Ilustración no consiste, entonces, en celebrar la razón como si nada hubiera pasado. Consiste en rescatarla de sus deformaciones. Rescatar la razón del cinismo, del relativismo, del cálculo vacío, del mercado absoluto y de la técnica sin fines. En un mundo gobernado por algoritmos, Gabriel quiere recordar que la inteligencia más importante sigue siendo la capacidad de distinguir lo que debe hacerse de lo que simplemente puede hacerse.

Esa distinción será una de las grandes batallas filosóficas del siglo XXI.

Contacto

Escríbenos para compartir tus ideas

Email

Teléfono

info@filoletra.com

+34911222333

©Filoletra Todos los derechos reservados 2026.