Martha Nussbaum y la república del amor: por qué la ópera puede enseñar política mejor que muchos tratados

Sobre The Republic of Love, emociones públicas, libertad política y educación democrática de la sensibilidad.

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7/5/202611 min read

Hay una forma pobre de entender la política: reducirla a instituciones, leyes, partidos, constituciones, elecciones, tribunales y procedimientos. Todo eso importa. Sin instituciones no hay democracia estable. Sin leyes no hay justicia pública. Sin procedimientos no hay control del poder. Pero Martha Nussbaum ha dedicado buena parte de su obra a defender una tesis más profunda: ninguna república sobrevive solo con normas. Una democracia necesita también una educación de las emociones.

Su nuevo libro, The Republic of Love: Opera and Political Freedom, aparece en un momento histórico particularmente oportuno. Las democracias contemporáneas no están heridas únicamente por la corrupción, la desigualdad, la desinformación o la crisis institucional. Están heridas por formas deformadas de afecto público: miedo, ira, resentimiento, desprecio, humillación, deseo de venganza, indiferencia ante el sufrimiento ajeno. En ese contexto, Nussbaum propone una idea que puede parecer extraña al oído tecnocrático: la ópera puede ser una forma de pensamiento político.

La afirmación no debe entenderse como simple elogio cultural. Nussbaum no dice que la ópera sea políticamente importante porque pertenezca a la alta cultura o porque refine el gusto. Esa defensa sería demasiado superficial. Su punto es más ambicioso: la ópera muestra, con música, cuerpo, voz, drama y conflicto, qué tipo de emociones hacen posible o imposible la libertad política. Allí donde un tratado argumenta, la ópera hace sentir. Allí donde la teoría describe una institución, la ópera encarna el daño, el deseo, la desigualdad, la compasión, la crueldad, el perdón o el amor.

Esto es importante porque las emociones no son adornos de la política. Son fuerzas constitutivas. Una ciudadanía dominada por el miedo puede entregar su libertad a cambio de seguridad. Una ciudadanía dominada por el resentimiento puede celebrar la humillación del enemigo. Una ciudadanía incapaz de compasión puede tolerar sufrimientos atroces mientras no toquen su propio círculo. Una ciudadanía entrenada en la sospecha permanente puede destruir la confianza pública. Las leyes pueden prohibir ciertas injusticias, pero no pueden por sí solas enseñar a mirar al otro como plenamente humano.

Nussbaum ha insistido durante décadas en que la justicia necesita imaginación moral. No basta con saber abstractamente que otros tienen derechos. Hay que poder representarse su vulnerabilidad, su alegría, su pérdida, su miedo, su dignidad. Las humanidades, la literatura, la tragedia, la novela y ahora la ópera aparecen en su obra como escuelas de esa imaginación. No porque vuelvan automáticamente buenas a las personas. Sería ingenuo creer que todo lector o melómano es moralmente superior. Sino porque ofrecen formas de atención que la vida pública necesita: atención al detalle humano, al sufrimiento singular, a la complejidad de los motivos, a la fragilidad de las vidas.

La ópera es especialmente poderosa porque une palabra y respiración. La voz humana cantada no comunica solo información. Expone cuerpo. Expone deseo. Expone dolor. Expone libertad. Cuando un personaje canta, no está simplemente diciendo algo: está mostrando una vida afectiva en tensión. La música permite que la política entre en el cuerpo del espectador de un modo que la argumentación racional difícilmente alcanza. No reemplaza al argumento. Lo complementa en una zona que la democracia moderna ha descuidado: la formación emocional de la ciudadanía.

En The Republic of Love, Nussbaum concede un lugar central a Mozart. No al Mozart decorativo, convertido en música hermosa para salones elegantes, sino al Mozart político. Sus óperas muestran mundos atravesados por jerarquías de clase, género, rango, poder y deseo. Pero también muestran posibilidades de reconocimiento, humor, perdón, reciprocidad y transformación afectiva. La crítica de la jerarquía feudal no ocurre solo en discursos explícitos. Ocurre en la manera en que la música distribuye humanidad entre personajes de distinto rango. La voz iguala allí donde la sociedad separa.

Esta idea es bellísima y radical. En la ópera, un criado puede cantar con una profundidad emocional que desafía el orden social que lo coloca abajo. Una mujer sometida a expectativas patriarcales puede expresar una interioridad que ningún sistema jerárquico logra reducir. Un personaje cómico puede revelar una verdad moral más fuerte que un noble. La música desarma la apariencia social. Hace audible una igualdad afectiva que la política todavía no ha instituido completamente.

Por eso Nussbaum habla de una república del amor. La expresión puede sonar sentimental si se la lee mal. Pero no se trata de reemplazar la justicia por afecto privado. No se trata de decir que el amor basta para organizar instituciones. El amor, sin justicia, puede volverse posesión, paternalismo o ceguera. La tesis es otra: una república necesita formas públicas de amor, entendidas como reconocimiento activo de la humanidad del otro, rechazo de la humillación, apertura a la reciprocidad y disposición a construir comunidad con quienes no son idénticos a nosotros.

La democracia moderna ha sido muy buena creando lenguajes de derecho, procedimiento e interés. Pero ha sido menos buena creando emociones públicas sostenibles. Muchas veces deja ese terreno a la propaganda, el nacionalismo, el espectáculo mediático o el miedo. Nussbaum quiere recuperar ese espacio para una política más humana. Si no educamos las emociones, otros las educarán por nosotros. Y probablemente lo harán peor.

La ópera enseña política porque muestra que ninguna institución flota sobre almas neutras. Toda forma política necesita un tipo humano. Un régimen autoritario necesita miedo, obediencia, resentimiento canalizado y adoración del poder. Una democracia necesita confianza, respeto, paciencia, disposición a escuchar, capacidad de perder sin destruir el juego común, y sensibilidad ante la dignidad ajena. Si esas emociones se erosionan, la democracia puede conservar sus formas mientras pierde su espíritu.

Este punto conecta a Nussbaum con una tradición antigua. Aristóteles ya sabía que la política exige formación del carácter. Los estoicos pensaron las pasiones como fuerzas que podían deformar o liberar el juicio. Rousseau comprendió que las repúblicas necesitan sentimientos públicos. Adam Smith estudió la simpatía como base de la vida moral. La novedad de Nussbaum está en traer esa preocupación al mundo contemporáneo con ayuda de las artes, la literatura y ahora la ópera. Su pregunta no es solo qué instituciones necesitamos, sino qué sentimientos deben aprender los ciudadanos para que esas instituciones no mueran por dentro.

En tiempos de ira digital, esta pregunta es urgente. Las redes sociales no solo transmiten opiniones; entrenan emociones. Premian indignación, sarcasmo, desprecio, velocidad, tribalismo, humillación pública. La política se convierte en ópera degradada: mucho drama, mucha voz alta, mucho gesto emocional, pero poca educación del alma democrática. Frente a esa teatralidad empobrecida, la ópera en sentido fuerte puede enseñarnos otra relación con la emoción: una emoción elaborada, compleja, musicalmente formada, capaz de sostener ambivalencia.

La ambivalencia es clave. Las malas políticas afectivas simplifican: nosotros y ellos, buenos y malos, patriotas y enemigos, víctimas puras y monstruos absolutos. La ópera, cuando es grande, complica. Un personaje puede ser culpable y vulnerable. Puede amar y dañar. Puede buscar libertad y equivocarse. Puede ser ridículo y digno. Esa complejidad es una vacuna contra la política de la deshumanización. Quien aprende a percibir matices resiste mejor la propaganda que reduce al adversario a caricatura.

Nussbaum no propone que todos los ciudadanos vayan a la ópera para salvar la democracia. La idea sería absurda si se toma literalmente. Lo importante es el principio: las artes pueden formar capacidades emocionales que la vida pública necesita. Una sociedad que abandona la educación artística y humanística empobrece su imaginación moral. Puede producir técnicos competentes, consumidores eficientes y votantes informados, pero no necesariamente ciudadanos capaces de sentir la dignidad del otro.

La defensa de la ópera es, en el fondo, una defensa de las humanidades contra su reducción utilitaria. Hoy se pide a la educación que produzca empleabilidad, innovación, habilidades medibles y adaptación al mercado. Nussbaum recuerda que una democracia necesita algo más: personas capaces de juicio, empatía crítica, imaginación, memoria, conversación y afecto público. Las humanidades no son un lujo. Son infraestructura moral.

Su obra también corrige un error frecuente: creer que las emociones son irracionales por definición. Para Nussbaum, las emociones contienen juicios de valor. El miedo revela lo que creemos amenazado. La ira revela lo que creemos dañado o injusto. La compasión revela que reconocemos sufrimiento significativo. El amor revela que algo o alguien nos parece valioso. Las emociones pueden equivocarse, pero no son simples explosiones biológicas. Son formas de inteligencia evaluativa. Por eso pueden ser educadas.

La ópera educa emociones precisamente porque las vuelve visibles y audibles. Nos hace habitar afectos ajenos sin poseerlos. Nos permite experimentar desde dentro conflictos que no son nuestros. Nos enseña que una vida humana no cabe en una consigna. Esta experiencia puede tener consecuencias políticas indirectas. No dicta leyes, pero forma sensibilidad para discutirlas. No reemplaza la justicia, pero puede volvernos menos indiferentes ante su ausencia.

La idea de amor político puede resultar sospechosa en un mundo desencantado. Muchos preferirán palabras más duras: derecho, poder, conflicto, antagonismo, estructura. Todas son necesarias. Nussbaum no las elimina. Pero pregunta qué ocurre cuando una comunidad política renuncia por completo al amor. No al amor romántico, ni al afecto privado, sino a la capacidad de valorar a los otros como integrantes de un mundo común. Sin esa capacidad, la política se vuelve administración fría o guerra permanente.

El amor político no significa unanimidad. No significa negar conflictos. No significa abrazar al opresor sin justicia ni pedir a las víctimas que perdonen por obligación. Significa que el horizonte de la política no debe ser la destrucción del otro, sino la construcción de una comunidad donde la dignidad pueda ser compartida. El amor, en este sentido, se opone a la humillación como principio organizador. Una república del amor sería una comunidad donde nadie necesita ser degradado para que otros se sientan fuertes.

Esta idea golpea directamente a la política contemporánea. Gran parte del espectáculo político actual funciona mediante humillación. Se gana ridiculizando. Se moviliza despreciando. Se fideliza al grupo señalando enemigos. Se reemplaza deliberación por castigo simbólico. Las emociones públicas se vuelven combustible de facciones. Nussbaum ofrece una alternativa exigente: no una política sin emociones, sino una política con emociones mejores.

La ópera entra aquí como archivo de posibilidades afectivas. Mozart, Beethoven, Verdi, Wagner, Britten, Adams y otros compositores no solo escribieron música bella. Construyeron mundos emocionales donde se dramatizan libertad, subordinación, deseo, crueldad, perdón, sacrificio, culpa y comunidad. La música permite comprender la política no solo como estructura externa, sino como forma de sentir juntos.

En Fidelio, por ejemplo, la libertad no aparece solo como concepto jurídico. Aparece como respiración, como voz que vuelve a abrirse después del encierro, como posibilidad de cantar tras la opresión. Esa imagen es filosóficamente poderosa. La libertad no es solamente estar autorizado a actuar. Es poder respirar, aparecer, hablar, cantar, ser visto, ser reconocido. Las instituciones garantizan condiciones, pero la experiencia de libertad tiene una dimensión corporal y afectiva.

Esta dimensión falta en muchas teorías políticas abstractas. Hablan de derechos, contratos, procedimientos, instituciones, pero no siempre alcanzan a mostrar qué se siente vivir bajo miedo, qué significa recuperar la voz, qué tipo de alegría produce la igualdad, qué daño moral causa la humillación. La ópera puede hacer visible ese registro. No porque sustituya a la teoría, sino porque le devuelve carne.

Nussbaum ha sido criticada muchas veces por confiar demasiado en la capacidad moral de las artes. Y la crítica merece ser escuchada. Nadie se vuelve justo automáticamente por leer novelas o escuchar ópera. La historia conoce personas cultas capaces de atrocidades. El refinamiento estético no garantiza bondad moral. Pero una crítica justa no destruye la tesis de Nussbaum; la vuelve más precisa. Las artes no garantizan virtud, pero pueden ofrecer materiales indispensables para formarla cuando existen instituciones, educación y prácticas críticas adecuadas.

La ópera, entonces, no salva sola a la democracia. Pero una democracia que desprecia toda formación emocional se entrega a fuerzas más bajas. Si no cultivamos compasión, otros cultivarán miedo. Si no cultivamos reconocimiento, otros cultivarán resentimiento. Si no cultivamos amor público, otros cultivarán venganza. El vacío afectivo no existe. Siempre se llena.

La fuerza de Nussbaum está en recordar que la filosofía política no puede abandonar ese terreno. Durante demasiado tiempo, parte del pensamiento liberal intentó imaginar ciudadanos racionales capaces de deliberar dejando sus emociones en la puerta. Pero los seres humanos no funcionan así. Llegamos a la política con miedos, pérdidas, deseos, heridas, amores, orgullos, vergüenzas. La pregunta no es si habrá emociones, sino cuáles y cómo serán formadas.

Esta es también una lección para América Latina. Nuestras democracias no sufren solo por instituciones débiles. Sufren por memorias heridas, desigualdades humillantes, liderazgos que explotan afectos colectivos, pueblos que han aprendido a desconfiar, ciudadanos cansados de promesas rotas. En contextos así, hablar de amor político puede parecer ingenuo. Pero quizá sea más realista de lo que parece. Ninguna democracia se reconstruye solo con diseño institucional si el tejido afectivo está destruido.

La república del amor no es una república sentimental. Es una república que entiende que la dignidad necesita ser sentida además de declarada. Una constitución puede afirmar igualdad, pero si la cultura entrena desprecio, la igualdad queda vacía. Una ley puede reconocer derechos, pero si la imaginación social no reconoce humanidad en ciertos cuerpos, esos derechos serán frágiles. Una política pública puede distribuir recursos, pero si no reconstruye respeto, deja intacta parte de la herida.

Nussbaum importa porque piensa esa zona intermedia entre ley y vida. Entre institución y emoción. Entre justicia y sensibilidad. Entre razón pública y canto. Su obra no pide abandonar la argumentación. Pide completarla. Una democracia sin argumentos se vuelve manipulación. Pero una democracia sin emociones educadas se vuelve fría, cínica o cruel.

Por eso la ópera puede enseñar política mejor que muchos tratados en un sentido específico: puede mostrar lo que los tratados explican con dificultad. Puede mostrar que la libertad se canta. Que la humillación quiebra la voz. Que el amor puede desafiar jerarquías. Que la igualdad no es solo distribución, sino reconocimiento afectivo. Que una comunidad política necesita más que obediencia a la ley: necesita una sensibilidad compartida hacia la vulnerabilidad humana.

En tiempos de inteligencia artificial, esta defensa de la voz humana adquiere otra resonancia. Las máquinas pueden producir textos, imágenes y quizá música. Pero la voz operística, como cuerpo que respira y se expone, recuerda algo que no debe perderse: la política pertenece a seres vulnerables, mortales, encarnados, capaces de sufrir y amar. Ningún algoritmo reemplaza esa condición. Puede imitar formas culturales, pero no vivir la fragilidad que les dio origen.

Martha Nussbaum vuelve, con The Republic of Love, a una pregunta que ha atravesado toda su obra: ¿qué necesita sentir una sociedad para ser justa? La respuesta no cabe en una ley ni en una estadística. Necesita filosofía, arte, educación y experiencia compartida. Necesita instituciones, pero también canciones. Necesita razón, pero también una imaginación capaz de no abandonar al otro.

La política del futuro no se decidirá solo en parlamentos, tribunales o plataformas digitales. También se decidirá en la educación emocional de los ciudadanos. En lo que aprendan a admirar. En lo que aprendan a temer. En aquello ante lo cual sientan vergüenza. En la manera en que escuchen el dolor ajeno. En su capacidad de transformar ira en justicia y amor en comunidad.

Si Nussbaum tiene razón, la ópera no es una fuga del mundo político. Es uno de sus espejos más hondos. Allí la libertad canta, la jerarquía tiembla, el amor discute con el poder y la humanidad aparece no como abstracción, sino como voz.

Una república digna de ese nombre necesita leyes. Pero también necesita aprender a cantar sin humillar.

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