Nancy Cartwright: la filósofa que obligó a la ciencia a bajar del pedestal y mirar cómo funciona realmente
Sobre evidencia, causalidad, políticas públicas y su Premio Fronteras del Conocimiento 2026.
FILÓSOFOS VIGENTES
6/22/20267 min read


hacer una pregunta más difícil: ¿qué significa exactamente que algo esté científicamente demostrado? La pregunta parece sencilla, pero no lo es. En política, medicina, economía, educación y salud pública se repite con frecuencia que hay que seguir la evidencia. La frase suena correcta. Nadie serio quiere actuar contra la evidencia. Pero el problema comienza cuando preguntamos qué tipo de evidencia, producida en qué condiciones, aplicada a qué contexto, con qué límites y bajo qué supuestos.
Cartwright se ha vuelto una figura decisiva porque no acepta la imagen simplificada de la ciencia como una máquina que produce verdades universales listas para ser aplicadas en cualquier lugar. Su filosofía no niega la ciencia. Al contrario: la toma tan en serio que se niega a convertirla en caricatura. Para ella, la ciencia real es más compleja, más situada, más plural y más dependiente de condiciones concretas de lo que suelen admitir los discursos públicos sobre “la evidencia”.
Esta posición tiene una importancia enorme. En los últimos años, la palabra evidencia se volvió una especie de autoridad automática. Se habla de medicina basada en evidencia, educación basada en evidencia, políticas públicas basadas en evidencia, economía basada en datos, inteligencia artificial basada en modelos predictivos. Todo eso puede ser valioso. Pero también puede ocultar una ilusión: creer que basta con tener buenos estudios para saber qué hacer en cualquier situación.
Cartwright rompe esa comodidad. Una intervención puede funcionar en un ensayo controlado y fracasar en una comunidad real. Una política puede producir buenos resultados en un país y resultados pobres en otro. Un tratamiento puede mostrar eficacia promedio y, sin embargo, no ser adecuado para cierto paciente. Una regularidad estadística puede ser robusta sin revelar por sí sola el mecanismo causal que la produce. La evidencia no habla sola. Necesita interpretación, contexto, juicio y teoría.
Esto no debilita la ciencia; la fortalece. La mala defensa de la ciencia consiste en presentarla como infalible. La buena defensa consiste en mostrar cómo trabaja realmente: con modelos parciales, con idealizaciones, con instrumentos, con incertidumbre, con inferencias, con mecanismos, con márgenes de error, con correcciones. Cartwright pertenece a esa segunda defensa. Su filosofía no adorna la ciencia desde afuera. Entra en su taller, mira sus herramientas y pregunta qué puede hacer cada una.
Uno de sus grandes aportes es haber cuestionado la idea de que las leyes científicas funcionan siempre como mandatos universales simples. Muchas leyes describen comportamientos bajo condiciones específicas, idealizadas o controladas. El mundo real, en cambio, está lleno de interferencias, causas múltiples, sistemas abiertos y contextos variables. La ciencia produce conocimiento poderoso, pero ese poder no consiste en ofrecer recetas automáticas. Consiste en permitirnos comprender estructuras, tendencias, capacidades y relaciones causales bajo condiciones determinadas.
Esto tiene consecuencias directas para la medicina y las políticas públicas. Tomemos un ejemplo sencillo: un medicamento puede demostrar eficacia en un grupo de pacientes cuidadosamente seleccionado. Pero cuando se aplica en la vida real, aparecen comorbilidades, diferencias genéticas, hábitos, condiciones sociales, adherencia irregular, interacciones farmacológicas, problemas económicos y acceso desigual al sistema sanitario. La pregunta ya no es simplemente “¿funciona?”, sino “¿funciona aquí, para quién, bajo qué condiciones y con qué efectos secundarios?”.
Cartwright ha hecho de esa pregunta una filosofía completa. Su pensamiento obliga a pasar de la abstracción a la situación concreta. No basta con saber que una causa produce un efecto en general. Hay que saber si las condiciones que permiten ese efecto están presentes en el caso específico. Una política educativa exitosa en Finlandia no puede copiarse mecánicamente en Venezuela, Alemania, España o India. Una intervención sanitaria eficaz en un hospital universitario no necesariamente tendrá el mismo impacto en una región rural sin infraestructura. Una medida económica que funciona en un modelo puede fracasar en una sociedad atravesada por corrupción, informalidad o crisis institucional.
La grandeza de Cartwright está en mostrar que la razón científica no se opone a la prudencia. Al contrario, la exige. Cuanto más serio es el conocimiento, menos tolera aplicaciones ciegas. La ciencia no debe convertirse en dogma tecnocrático. Debe orientar decisiones, pero esas decisiones requieren deliberación sobre valores, contextos y fines. La evidencia puede decirnos qué medios son más prometedores, pero no decide por sí sola qué tipo de sociedad queremos construir.
Este punto es fundamental en una época dominada por expertos, algoritmos y modelos. El riesgo actual no es solo el anticientificismo. También existe el riesgo contrario: una tecnocracia que usa el lenguaje de la ciencia para cerrar discusiones políticas y morales. “Lo dice la evidencia” puede convertirse en una frase autoritaria si se usa para impedir preguntas legítimas sobre interpretación, incertidumbre, prioridades o justicia. Cartwright ofrece una vía más inteligente: defender la evidencia sin convertirla en religión.
Su filosofía también es una crítica indirecta al fetichismo del dato. Hoy se cree con frecuencia que más datos equivalen automáticamente a más conocimiento. Pero los datos no se organizan solos. No explican solos. No jerarquizan solos. No dicen por sí mismos qué causa qué. Pueden revelar patrones y, al mismo tiempo, ocultar mecanismos. Pueden ser masivos y estar sesgados. Pueden permitir predicciones útiles sin ofrecer comprensión profunda. La ciencia necesita datos, pero también necesita conceptos, modelos causales, teoría y buen juicio.
Aquí Cartwright se vuelve especialmente actual frente a la inteligencia artificial. Los sistemas algorítmicos pueden detectar correlaciones con enorme potencia. Pero una correlación no es una comprensión causal suficiente. Predecir que algo ocurrirá no equivale a entender por qué ocurre ni a saber cómo intervenir responsablemente. En medicina, justicia, educación o políticas sociales, esa diferencia puede ser decisiva. Un algoritmo puede clasificar riesgos; no por eso entiende vidas humanas. Puede optimizar decisiones; no por eso sabe qué decisiones son justas.
La filosofía de Cartwright permite recuperar una distinción que el entusiasmo tecnológico suele borrar: predecir no es explicar, explicar no es justificar, y justificar no es decidir. Cada nivel requiere criterios distintos. Una sociedad madura no puede delegar todos esos niveles en modelos estadísticos. Necesita ciencia, sí, pero también filosofía de la ciencia, ética, política y conocimiento situado.
Por eso su reconocimiento internacional es importante. No se premia solamente una trayectoria académica; se reconoce una forma de pensar que el presente necesita con urgencia. En tiempos de pandemia, crisis climática, inteligencia artificial, desigualdad sanitaria y políticas públicas complejas, la pregunta por la evidencia no es técnica. Es civilizatoria. Sociedades enteras pueden fracasar no por falta de información, sino por mala interpretación de la información.
Cartwright incomoda tanto a relativistas como a cientificistas. A los relativistas les recuerda que la ciencia sí produce conocimiento objetivo y valioso. A los cientificistas les recuerda que ese conocimiento no opera como varita mágica universal. Su filosofía ocupa un lugar intermedio más difícil: confianza crítica en la ciencia. Ni adoración ni desprecio. Ni dogma ni sospecha permanente. Confianza, pero con análisis de condiciones. Crítica, pero sin cinismo.
Esa actitud debería ser central en la formación médica, científica y política. Un médico no trabaja con promedios abstractos, sino con pacientes concretos. Un epidemiólogo no trabaja con poblaciones imaginarias, sino con comunidades atravesadas por hábitos, recursos, miedos e instituciones. Un neuropsicólogo no evalúa una mente en el vacío, sino una conducta situada en un cuerpo, una historia y un entorno. Un político no aplica evidencia sobre una tabla rasa, sino sobre sociedades con conflictos, desigualdades y capacidades institucionales limitadas.
En este sentido, Cartwright puede dialogar con preocupaciones muy actuales de América Latina. Nuestros países han sufrido tanto el desprecio por la ciencia como la importación acrítica de modelos externos. A veces se rechaza la evidencia por ideología. Otras veces se copia una política extranjera sin preguntarse si existen las condiciones para que funcione. Ambas cosas son errores. La lección de Cartwright es más seria: hay que producir, interpretar y aplicar evidencia con atención al contexto real.
Esto tiene enorme valor para cualquier proyecto de investigación sobre inteligencia, conducta, educación o salud pública. No basta con diseñar una prueba, una escala, un modelo o una intervención. Hay que preguntar qué mide realmente, en qué población, bajo qué condiciones, con qué validez, con qué mecanismos explicativos, con qué utilidad práctica y con qué límites. La filosofía de la ciencia no llega después de la investigación; está dentro de la investigación desde el inicio.
Cartwright también obliga a repensar el papel de los modelos. Un modelo no es el mundo. Es una representación selectiva que permite entender ciertos aspectos del mundo bajo ciertos supuestos. El peligro aparece cuando olvidamos esa diferencia. Los modelos económicos, epidemiológicos, cognitivos o climáticos pueden ser herramientas poderosas, pero se vuelven peligrosos cuando se tratan como realidad completa. La humildad científica consiste en recordar qué deja fuera cada modelo.
Esta humildad no es debilidad. Es precisión. Quien reconoce los límites de un modelo puede usarlo mejor. Quien cree que su modelo lo explica todo termina cometiendo errores graves. Cartwright ha mostrado que una ciencia madura no necesita fingir omnisciencia. Su fuerza está en saber qué sabe, cómo lo sabe y hasta dónde puede aplicarlo.
Por eso su pensamiento resulta tan oportuno después de figuras como Habermas, Han, Gabriel, Romero, Diéguez y Meillassoux. Habermas defendía la razón pública. Han diagnostica el cansancio de la vida contemporánea. Gabriel reclama hechos morales. Romero exige filosofía científica rigurosa. Diéguez pide prudencia ante la tecnología. Meillassoux reabre la pregunta por la realidad independiente del sujeto. Cartwright introduce una pieza indispensable: cómo convertir conocimiento en acción sin traicionar la complejidad del mundo.
La filosofía de Cartwright no grita. No necesita hacerlo. Su radicalidad está en una pregunta sobria: ¿tenemos realmente razones suficientes para creer que esto funcionará aquí? Esa pregunta puede salvar vidas, evitar políticas fallidas, corregir abusos tecnocráticos y mejorar la calidad de la ciencia aplicada.
En tiempos donde la opinión pública oscila entre “la ciencia lo resolverá todo” y “la ciencia no es confiable”, Nancy Cartwright ofrece una posición más adulta. La ciencia es una de las mejores herramientas humanas para comprender y transformar el mundo, pero debe ser entendida en su funcionamiento real. No como mito, no como eslogan, no como autoridad vacía, sino como práctica compleja de producción de conocimiento.
Quizá esa sea su gran lección: seguir la evidencia no significa obedecer una frase. Significa pensar mejor. Significa preguntar por causas, condiciones, mecanismos, contextos, límites y fines. Significa aceptar que la verdad científica no se vuelve menos valiosa por ser difícil de aplicar. Al contrario: cuanto más difícil es el mundo, más necesitamos una filosofía capaz de enseñarnos cómo usar bien lo que sabemos.
Nancy Cartwright ha dedicado su obra a esa tarea. Y en una época llena de datos, modelos y promesas técnicas, pocas tareas son tan urgentes.